La investigación no es una tarea. Es una actitud.


viernes, 28 de enero de 2011

A los cien años de Arguedas

Después de 40 años de la muerte de Arguedas, el Perú se pone de pie en honor a su obra. Mejor, a 100 años de su nacimiento: centenario, exactamente el 18 de enero. Todos, menos el Apra encabezado por Alan, aunque el ministro de cultura (con minúscula, no me equivoqué), Juan Ocio (tampoco me equivoqué) ha discrepado, dizque.

Que por qué no han querido reconocer la obra de Arguedas desde palacio. Esa es cuestión de ideología y política. El escritor de Todas las sangres no configuró a los andinos como seres exóticos, como era de costumbre, sino desde dentro. José María, al comer y dormir con los indígenas, aprendió su lengua y sus costumbres. “Los indios y especialmente la indias vieron en mí como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que por ser blanco acaso necesitaba más consuelo que ellos”, decía en su testimonio. La cultura andina se metió en él, a pesar de “ser un blanco”. A tal punto que “yo comencé a escribir cuando leí las primeras narraciones sobre los indios, los describían de una forma tan falsa”. Su obra es una respuesta contundente al discurso de lo andino de esa época.

El hecho de que José María conociera desde dentro al campesino andino hizo que se identificara con sus problemas; por ejemplo, con el de la tierra, analizada años atrás por Mariátegui. De ahí que su cuento “Agua” refleja una situación particular de tal problema: la distribución del agua en el regadío. Ni siquiera el cuento “Warmakuyay” (cuento tierno y hermoso por la temática de amor, dirán) deja de tratar la problemática indígena: el abuso del misti contra la muchacha de la que el warma (niño) Ernesto andaba enamorado. El señor todopoderoso e intocable se puede permitir de los placeres sexuales de “sus siervas”. Sin embargo, en este cuento el niño sabe que no podrá enfrentarse al hombre que violentó a la chica. Solo es cuestión de tiempo por­que “cuando sea grande voy a matar a don Froilán”. Pero en el cuento anterior, Ernesto no tiene esa actitud: “hombre me creía, verdadero hombre, igual a Pantacha”, y le hiere en la cabeza a un misti abusivo con una corneta. Es que ante tanto abuso “nuestra rabia se ha hecho más grande, más grande”. Palabras del personaje arguediano que dice basta a los abusos y desea justicia.

Sin embargo, donde se nota más su opción ideológica es en El Sexto, novela que grafica el mundo de la cárcel: el de los prisioneros políticos, donde el narrador, Gabriel, elije convivir con los socialistas, no con los apristas. Este se hace muy amigo de Cámac, que se encontraba muy enfermo y que “nunca asimiló bien la doctrina. Era un comunista intuitivo, por su clase y su casta”. También Gabriel ante la muerte de su amigo recibe el calificativo de “ser un soñador. No aprenderás nunca a ser político. Estimas a las personas, no los principios”. Los dos, pintados en toda su humanidad, son socialistas a su modo, pero socialistas (los del Gobierno los habrían preferido apristas). Y quizá Gabriel sea el mismo Arguedas, porque años después diría en su discurso (No soy un aculturado) que “La teoría socialista no solo dio un cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y cargó aún más de fuerza por el mismo hecho de encausarlo. ¿Hasta dónde entendí el socialismo? No lo sé bien. Pero no mató en mí lo mágico”. Aunque para Mario Vargas Llosa “el socialismo no mató en él lo mágico, pero en sus mejores creaciones lo mágico mató al socialismo (es decir la ideología)”. El socialismo habría malogrado parte de la narrativa arguediana. Es su lectura.

Ahora bien, la presencia de “lo mágico” en la obra de Arguedas es inevitable; se encuentra en toda su narrativa porque al retratar al hombre andino en su lucha por la tierra, no puede eludir su danza, su música, su vivencia: su cultura tradicional; folclor dirán algunos. Sería falsificarlo y caer en el simple panfleto.

Entonces, en Arguedas encontramos “lo mágico”, pero también está presente el discurso socialista, justamente lo que al Apra no le gusta y menos a Varguitas. Ellos ha­brían preferido que Arguedas escribiera solo de danzaqs, de corridas de toros, de zumbayllus y wikullos. Así, el año 2011 habría llevado su nombre y quizá el nobel peruano no habría escrito La utopía arcaica.
NVP

sábado, 22 de enero de 2011

¡Viva Luis Pardo!

De niño escuchaba cuentos sobre un bandolero que robaba a los hacendados y a los ricos para repartirlo entre los pobres. Entonces yo me imaginaba a ese tal Luis Pardo montado a caballo, con dos revólveres al cinto, una carabina colgada del hombre, harta bala en las correas. Y cuando jugábamos a los pistoleros, también me imaginaba en tridimensional las andanzas de este bandolero: una especie de héroe popular, una leyenda; atacando ranchos, arreando ganados para repartir la carne en los pueblos que visitaba. La gente, en retribución, le ayudaba como espía contra los policías.

El bandolero en cuestión, no solo robaba como cualquier otro bandido, sino que se encargaba de darle su pateadura a los jueces, hacendados y prefectos abusivos; también ridiculizar a los policías que defendían a estos; de cuando en cuando dejarles sin armas, sin uniforme: humillados, como para que se den cuenta de que estaban en el bando incorrecto, pero estos, tercos como la mula, dale con andar tras el bandolero solo porque le metió un tiro de pistola al gamonal abusivo.

Hasta me ponía poncho (en el juego) para andar en mi caballo de palo e imitar a Luis Pardo, el de los cuentos, también con mi pistola de palo a la cintura y mi carabina al hombre, claro, también de palo. El juego de seguir los pasos del bandolero terminó cuando, al pueblo donde yo vivía, llegaron unos hombres de uniforme que traían pistolas de verdad y “carabinas” que disparaban balas por montón. Entonces, el juego a ser Luis Pardo se hizo peligroso porque tanto mi pistola y mi carabina de palo tenían forma de armas reales: mi padre los había tallado. Luego, él mismo se encargó de quemarlos. Eran tiempos en que estos uniformados no eran precisamente los buenos del cuento; eran de los que se metían a tu casa a cualquier hora de la noche sin tocar la puerta y te encañonaban con sus pistolas no de palo. Hasta te desaparecían. Y ni jueces, ni alcaldes, ni párrocos decían esta boca es mía. Mientras tanto yo andaba pensando sobre cómo sería si el tal Luis Pardo fuera real y apareciera de pronto por ahí. Pero cómo yo ya sabía que cuento es cuento, solo me quedaba imaginar esa escena y nada más.

Sin embargo, luego de años encuentro una novela que me recuerda justamente esos cuentos de antaño, donde Luis Pardo sigue siendo el héroe, el que roba a hacendados para dárselo a los campesinos y pastores pobres. Estos, en reciprocidad, incluso le ayudan a liquidar a un subprefecto, líder de un grupo de bandoleros, quienes arrasan todo a su paso; también le ayudan a escapar de la policía que anda tras sus pasos. Luis Pardo, el de la los cuentos de mi infancia, ha regresado, solo que esta vez en novela. Yo casi ya había olvidado al personaje, pero gracias a Óscar Colchado vuelvo a recordarlo. Me refiero a su novela ¡Viva Luis Pardo!

viernes, 24 de diciembre de 2010

La hipocresía del señor Vargas Llosa

Por Rafael Inocente

Alguien mencionó alguna vez que Arequipa había producido lo peor y lo mejor del Perú. Mencionaba ese alguien a Vladimiro Montesinos, Abimael Guzmán, Héctor Cornejo Chávez, Hernando de Soto y Mario Vargas Llosa, como ejemplos palmarios de su afirmación extremista. En 1996 Montesinos ya se había hecho del poder en complicidad con los militares y Kenya Fujimori. Abimael Guzmán, encerrado en las mazmorras de la Base Naval, se descamaba lentamente, y don Mario, huido a Europa, publicaba a sus 59 años —la misma edad que tenía Arguedas cuando se disparó un tiro en la Agraria— el libro que yo devoraba vorazmente. Una legislación antiterrorista, violatoria de todas las garantías del debido proceso, permanecía incólume, mientras los jueces sin rostro encerraban a miles de inocentes a través de una maquinaria atroz que concedía facultades extraordinarias a la policía en la fase de investigación y se juzgaba a civiles en cortes militares, con la más absoluta impunidad. Más de veinte mil peruanos de a pie, culpables e inocentes, sufrían cruel carcelería y sus derechos básicos eran vulnerados hasta la náusea por las condiciones de las mazmorras fujimontesinistas.
En este contexto leí ese híbrido llamado La Utopía Arcaica. ¿A qué se refiere el título del libro? ¿En qué consiste una utopía arcaica? Elaborada mediante el cruce de tres temas capitales —la vida de José María Arguedas, el análisis de su obra literaria y la historia del indigenismo peruano—, el libro es un alegato contra la vida y obra de José María Arguedas, partiendo de la premisa de que literatura y biografía son partes indisociables de un todo. A lo largo de sus páginas se respira un ambiente de degradación, bronca y encono. Según Vargas Llosa en la obra literaria de Arguedas existiría un anhelo de reivindicación prehispánica, proyecto irreal, que consistiría en el restablecimiento de un Perú antiguo, arcaico, colectivista, tradicional, rural y mágico-religioso. El gran tema es el mundo andino, que por sus características geográficas y culturales representaría una forma más profunda y auténtica de humanidad que los desiertos y valles costeros. El Perú aparece como una sociedad fragmentada, enfrentada, injusta, pícara pero sumisa, un rompecabezas mal hecho y estropeado. Ahora como en aquél 1996 me cuesta mucho comprender cómo una sociedad así, pueda seguir sobreviviendo. Quizá la violencia interna que vivimos en los últimos años sea un indicador de que tales contraposiciones sociales y culturales desembocan en graves conflictos, cuando no en sangrientas guerras fratricidas. Así, según Vargas Llosa, en la obra de Arguedas se vería expresada una fantasía histórica, según la cual el pueblo indígena creó en los Andes una civilización moralmente superior a la que trajeron los europeos y que sobreviviría en los indígenas de hoy. Siguiendo su razonamiento, la obra de Arguedas sería parte de una tendencia reaccionaria dentro de la corriente indigenista, con contenido notoriamente racista, parte de una “superchería audaz” del autor de inventarse una sierra y un Perú a la medida de sus fantasías.
Esto es, letras más, letras menos, lo que nos plantea Vargas Llosa frente al desgarrador panorama peruano. En el epílogo de su novela póstuma El Zorro de arriba y el Zorro de abajo, Arguedas inserta un texto titulado “No soy un aculturado”. Aquí expone su ideal de un Perú moderno y multicultural con matriz andina, muy lejos de una utopía indigenista reaccionaria como la ha presentado Vargas Llosa, premio Rockfeller 1988. En el planteamiento de Arguedas se hace presente la tensión entre el ideal de la modernidad por un lado, y el ideal de la diversidad cultural, por otro. Al leer las obras de Arguedas, sus artículos periodísticos, sus ensayos y cartas, vemos que lo que plantea el andahuaylino es una síntesis entre ambos proyectos opuestos. Para Vargas Llosa, por el contrario, modernizarse es abolir lo mágico y renunciar a las creencias y costumbres tradicionales. El camino a la modernidad, según las fanáticas posiciones ultraderechistas del arequipeño admirador de Margaret Tatcher, llegará a través del libre mercado, las elecciones libres y la alternancia de poderes.
Por eso no me ha asombrado la tosquedad ideológica del discurso Nobel de Mario Vargas Llosa ni el hipócrita besito en la mejilla a un Alan García que antes despreciaba, al mejor estilo de la Camorra napolitana. Su grosero llamado a la defensa de la democracia liberal, el pluralismo político, la tolerancia, los derechos humanos, las elecciones libres y toda esa monserga liberal que le ha convertido en portavoz de los malcriados del mundo. Para don Mario el asunto es de una claridad meridiana: modernidad o atraso, libre mercado o estado. Lo que olvida convenientemente el novelista arequipeño es que tal dicotomía en épocas de globoidiotización es falaz: el mercado compra estados, los corrompe, los coopta, los prostituye. El estado, una figura tradicionalmente irrelevante en las sociedades sudamericanas, ha sido absolutamente incapaz de cumplir con su principal función contemporánea, a saber, dotar de bienestar a los grupos desposeídos, pero sí ha servido para monopolizar el uso de la violencia y cobrar los impuestos. El mercado en un modelo económico excluyente e injusto como el que defiende Vargas con sus veinte uñas usurpa las funciones del estado para beneficio de las multinacionales, aquellas que portarían los estandartes del progreso y la modernidad, mitos caros de Varguitas, tan mortales como el nacionalismo que dice detestar con fervor anarquista.
Una tremenda ficción ha traficado Vargas Llosa en su discurso, ¡qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene identidad porque las tiene todas!, en medio de la algarabía de una Lima tan colonial como hace cuatrocientos años. Aclamado por la intelectualidad criollo-parasitaria y por el populacho feroz, aplaudido a rabiar por esa partida de huevones que son sus herederos literarios nativos, la palabra de don Mario es ley. Osar contradecir las ideas que ha soltado desde su particular Olimpo sueco, significa ganarse la condena a muerte en este mezquino y argollero mundo literario. Pero como lo que menos me interesa es convertirme en un escritor profesional —aquél tipo que diariamente se sienta frente a su escritorio y escribe novelas como quien va a la oficina— cojo la flor lanzada por don Mario y se lo espeto: no sea usted tan memo, señordón, menos aún cite a Borges para refrendar la falacia que pretende comerciar bajo el manto de un pretendido pluralismo. Ni en Argentina, un país cuyas tres cuartas partes de habitantes descienden directamente del hambre de Europa (o de los barcos como prefería decirlo Borges con filosa ironía), permitirían esa infeliz provocación al más majadero de sus escritores. Pretender que el Perú —un país fragmentado en donde domina una élite corrupta descendiente de encomenderos, un país cuyo componente poblacional indígena es tan sólo comparable al de Guatemala o Bolivia— no tiene identidad porque las tiene todas, es como querer tapar el sol con un dedo y negarse a ver lo evidente: tras quinientos años de invasión europea, evangelización, masacres y leyes ilegítimas, la sangre y la cultura indígenas están todavía vivas y resisten activamente a ruines, ladrones, asesinos y escritores profesionales. Pretender que en estas tierras en donde germinó y se desarrolló uno de los grandes focos culturales de la humanidad entera, merced a un solo tronco étnico, no hay identidad porque hay muchas, es como soltar la especie de que en Egipto no hay identidad porque un grupúsculo de alemanes e ingleses se asentó en tierras del Nilo. ¿O es que acaso nos tragamos el sapo de que por un puñadito de italianos, chinos o negros que los poderosos importaron para labores subalternas, tenemos la identidad de aquellos pueblos? La matriz cultural del país, la que nos otorga potencia y flexibilidad, aquí en la China o en la Cochinchina es la Andina, sin caer en chauvinismos ni en localismos excluyentes.
Como si esto fuera poco, don Mario se ha atrevido a arrogarse para sí y para los de su etnoclase el papel emancipador del indígena. Enorgullecido del arrojo de los tatarabuelos peninsulares que vinieron a invadir, violar y robar a estas tierras, ha tenido el descaro de eximir de su responsabilidad histórica a la Metrópoli en el saqueo y expoliación de las riquezas de Abya-Yala, las que sirvieron para edificar la prosperidad europea. Pareciera que el exilio, que más bien debería ser una prueba de fuego de toda identidad, a Vargas Llosa sólo le ha exacerbado el apego endogámico al clan materno. Si nos atenemos a quienes si han sufrido un verdadero exilio, éste no da, en rigor, ninguna identidad. Por el contrario, supone un desafío. Pone a prueba la identidad que uno trae. La cháchara de Vargas Llosa, los lugares comunes que ha repetido en su imprudente discurso, el insulto callejonero a pueblos sudamericanos (Cuba, Venezuela y Bolivia) que han elegido un camino diferente al de su utopía fanática, la obcecada defensa del imperio y la democracia liberal, ese “buen camino” que imponen los Bush y los bildelbergers a sangre y fuego, resulta a estas alturas intragable y pintan al novelista bipolar, peruano por accidente geográfico como se reputó él mismo, arruinado moralmente desde antes de la eyección del Informe Uchuraccay: sus ficciones son supuestamente libertarias, pero en la realidad patrocina un sistema económico basado en la injusticia y el robo. Si alguna vez Mario Vargas Llosa intentó explicar su itinerario ideológico-político como un tránsito de Sartre a Camus, hoy tamaña impertinencia cae por sí sola. Como afirma Miguel Gutiérrez, en un espectacular salto hacia atrás Mario Vargas Llosa ha caído en el lugar exacto dejado por Riva Agûero. Sí: la derecha peruana cuenta con MVLl con un Riva Agûero redivivo. Y por eso hay que combatirlo.

viernes, 3 de diciembre de 2010

ENTREVISTA A ENRIQUE ROSAS PARAVICINO

Por: Niko Velita

El gran señor es una novela que ha abordado la temática de la violencia política. Casi toda la historia se desarrolla en un santuario, en un ambiente religioso. Unos subversivos se infiltran ahí. El objetivo es aniquilar a sus enemigos y pasar desapercibidos bajo el disfraz de pabluchas y las explosiones de los cohetes. Sin embargo, los participantes de esa festividad, al darse cuenta de la presencia de ellos, los capturan y les entregan a las autoridades. Eso en una època contemporánea, porque además cuenta historias de la lucha por las tierras de épocas pasadas entre hacendados y campesinos; y la historia de Mateo Pumacahua, quien como fantasma expía sus culpas. De esta manera, Rosas Paravicino nos da a entender que la violencia no es de ahora: es de antaño. En la presente entrevista, que el autor ha concedido amablemente por vía internet, habla de la narrativa de la violencia política y de su novela.

La guerra interna ha dejado profundas huellas en los peruanos. ¿Cuál es su testimonio con respecto a ello?


Igual que otros miles de peruanos fui testigo del cruento proceso de la guerra. Detenciones, torturas y asesinatos comenzaron a ensombrecer el panorama nacional a partir de la década del ochenta. El gobierno expidió la ley de la apología del terrorismo, con la que se acallaba la conciencia crítica de la ciudadanía. A pesar de ello, algunos escritores dimos a conocer temprano nuestros textos con relación a la violencia creciente. En 1986 Julio Ortega publicó “Adiós Ayacucho”, Luis Nieto Degregori al año siguiente, “Harta cerveza, harta bala”, yo publiqué en 1988 “Al filo del rayo”, Dante Castro ganó en 1987 el segundo puesto del Copé de cuento con “Ñakay pacha”. Tuvimos el coraje de jugarnos el pellejo en un período de abierta represión brutal. Nuestro testimonio queda en la palabra hecha denuncia e indignación, justo cuando aquel baño de sangre se tornaba incontrolable y las hienas rondaban en torno de los cadáveres.


Este asunto de la guerra interna, ¿cómo incide en el quehacer novelístico actualmente?


La guerra interna ha marcado a fuego vivo nuestra cultura en las últimas décadas. Y como parte de ello, la creación literaria, más específicamente la novelística, por su condición de género totalizador refleja y procesa de varias maneras el ciclo violento que la sociedad peruana vivió a fines del siglo XX. Siempre un novelista aspira a comprender e interpretar su época. En ese afán, extrae la savia de su creación de la mata misma de los sucesos de su tiempo. Si la psiquis colectiva está tatuada de tragedia y dolor, es lógico que la novela peruana esté al nivel de ese estado de ánimo. Rosa Cuchillo, Abril rojo, La hora azul, Retablo, La niña de nuestros ojos, entre otras, son evidencias de que hay una nueva ruta avanzada en el género. Aunque ciertamente el número de novelas es mayor. Mark Cox anotaba que hasta el año 2008 había 68 novelas publicadas alrededor del conflicto bélico interno.


¿Qué autores cree que han trabajado mejor la temática de la guerra interna?


Aún es temprano para efectuar un balance definitivo, pero a título personal me quedo con los aportes de Oscar Colchado, Dante Castro Arrasco, Luis Nieto Degregori, Julio Ortega, Alonso Cueto, Miguel Arribasplata, Eduardo Huarag y Santiago Roncagliolo, entre otros.


¿Cómo han influido los sucesos de la guerra interna en su quehacer literario?

De manera abrupta y definitoria; particularmente las masacres de Accomarca, Uchuraccay, Lucanamarca y otros episodios similares que se dieron en los años ochenta. La sangrienta fuga de los presos del penal de Ayacucho es otro suceso que anuncia el cambio de rumbo de la guerra. En ese contexto, no tenía mayor sentido que un escritor de marcada sensibilidad social, haga lírica personal o abstracciones metafísicas. Había que acatar el ritmo duro de la época, procesar el dolor colectivo y, desde la instancia de la palabra, contribuir con la imaginación y el talento para que termine el desangre nacional, para darle un registro estético (de una estética cruel) al más grande genocidio que se dio en nuestra historia republicana. Sólo así nuestra palabra tendría valor ético, social y testimonial.


En su novela El gran señor los subversivos se infiltran en el santuario, entre la gente con fervor religioso, incluso asesinan ahí. Se profana lo sagrado. ¿Los subversivos son herejes desde esta perspectiva? ¿Se ha visto situaciones parecidas en la realidad?


Responderé a esta pregunta con un caso real. En mi calidad de peregrino de la festividad de Qoyllurit’i del Cusco, vi una vez que dos jóvenes danzaban indistintamente en las comparsas de bailarines de Ocongate y Paucartambo. Ambos eran alumnos míos en la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco. Los conocía desde hacía varios semestres como radicales activistas de la izquierda legal. Sin embargo, más adelante me enteré que ambos terminaron enrolándose en las filas de Sendero Luminoso. Aquí participarían de atentados sangrientos, con secuelas trágicas hasta la vez que la policía desbarató al comando sedicioso y capturó a sus componentes. Una tarde, los presentó a todos en conferencia de prensa y allí estaban los dos danzantes del santuario. Más que simples herejes, ambos habían derivado en militantes de un proyecto político que anunciaba barrer el sistema para, sobre sus escombros, construir otro tipo de sociedad. Este caso nos demuestra que, en los Andes, no hay mayor divorcio entre la práctica religiosa popular y la opción política violenta.


En varias novelas, los ronderos aparecen como delincuentes. Su personaje, el comandante Huaroto, no se libra de esta descripción.


La guerra interna también engendró hijos de una particular tipología moral. Tanto en el bando subversivo como entre las llamadas fuerzas del orden se dieron casos de individuos con un perfil psicológico que rayaba en la simple perpetración de delitos. Aquí es pertinente retrotraer la figura del denominado comandante Huayhuaco, un personaje de la vida real, vinculado al narcotráfico, dueño de un prontuario policial deleznable, pero que cuando su territorio se ve afectado por la presencia de los sediciosos, él se alía con el ejército y se convierte en un cabecilla antisubversivo importante. Lo paradójico es que el Estado que representa a la legalidad, termina asociándose con un jefe mafioso requisitoriado por el poder judicial. En mi novela El gran señor yo invento un personaje análogo: el Comandante Huaroto que viene a ser un Huayhuaco operando en la región sur, un sujeto sin bandera ni principios, capaz de cometer cualquier vesania, bajo el paraguas de su alianza con los militares. No sé si me salió bien, pero ahí está.


La historia oficial presenta a Mateo Pumacahua como un héroe. Usted no. Este personaje paga sus culpas en su condición de fantasma.


Pumacahua representa al sujeto histórico controvertido. En noviembre de 1780 el destino le dio la oportunidad de involucrarse en el proyecto político de Túpac Amaru (su par en términos de casta y autoridad), pero él prefirió unirse a los españoles, para combatir la sublevación de Túpac Amaru. Su actuación en aquella guerra fue decisiva para el triunfo de los realistas. Tres décadas después, ya sofocada la rebelión y luego de ocupar altos cargos burocráticos, Pumacahua siente que de nuevo la guerra toca su puerta. Esta vez son los criollos del Cusco que se han sublevado contra el rey de España. Le proponen la jefatura del ejército alzado y Pumacahua les acepta, acaso remordido por el genocidio que perpetró en el conflicto anterior. No calculó el tamaño de la nueva aventura. Tras una difícil campaña militar fue derrotado en la batalla de Umachiri y luego fusilado en la plaza de Sicuani, como traidor al rey. En la novela lo presento como un condenado (fantasma) que debe penar de los siglos por los siglos entre los picachos de los Andes. Sufre de un remordimiento profundo por sus actos en vida y sus recuerdos se focalizan en el Cusco, allí donde gozó del poder y la fortuna.


Con la presencia de Pumacahua y las luchas por la tierra que usted narra en su novela, ¿podemos decir que la violencia no se inicia en 1980, sino que nuestra historia está llena de eso?

En efecto, la violencia social tiene una data antigua en el Perú. Este es el país de las grandes sublevaciones y masacres. Partamos únicamente de la época colonial. Manco Inca en 1536 libra una guerra sangrienta en su afán de aniquilar a los usurpadores españoles. Juan Santos Atahualpa en 1742 levanta a las etnias amazónicas en contra del poder hispano instalado en Lima. Túpac Amaru, en 1781, libra la gesta libertaria más tenaz y heroica, con una secuela de 100 mil muertos. Si analizamos estos hechos y los comparamos con las sublevaciones indígenas de la era republicana, vamos a ver que el denominador común de todos es el mismo: la lucha por el derecho a la dignidad, la justicia, la cultura, la autodeterminación, la identidad y la tierra. A la luz de estos acontecimientos, la guerra de 1980 no es sino la prolongación de una historia, como la del Perú, que está escrita más por el lado del borrador que por la punta del lápiz. Ahora bien, tampoco la reciente derrota de Sendero Luminoso nos garantiza un futuro promisorio de paz y bienestar. Mientras continúe la situación de exclusión, pobreza, inequidad, corrupción e injusticia, siempre tendremos en el horizonte la probabilidad de un nuevo conflicto interno. Debemos aprender de la historia si ciertamente queremos construir un Estado/Nación que represente a todos.


Siete truenos, siete días, en que Isolda consigue liberar a Alberto, siete subversivos, siete pabluchas. ¿Alguna simbología?


Sí; un intento de elaborar una cábala andina, similar a la cábala judía donde el número clave es el tres.


Finalmente ¿qué proyectos tiene como escritor?


Varios. Siempre en el género narrativo y con temas que tienen que ver con los procesos sociales e históricos del país. Por ahora no quisiera puntualizar sobre algún proyecto en especial. Primero que nazca la criatura para luego especificar los pormenores de su existencia. Gracias.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Paolo Astorga en la era digital

Paolo Astorga es un poeta que ha tomado por asalto la era digital para hacer poesía: dirige la revista digital Remolinos, que anda cerca al número 50, tiene dos libros digitales publicados y este año ha sorprendido a los amantes de la literatura con el poemario (en audio y papel) De Chosica a Lima y una revista en audio, Voz Efímera.

De Chosica a Lima

El trabajo de Astorga en este poemario es la búsqueda de otros formatos para la expresión poética. No se queda solo en el papel. Se adapta ante las nuevas circunstancias y nos da la posibilidad de poder conectarnos con la poesía a través de formatos nuevos. Así, sus poemas puedes bajarlo a la computadora, al mp3, al celular y escucharlo en cualquier espacio donde más te plazca.

Viajar de Chosica a Lima todos los días resulta francamente estresante. Son cuatro horas de ida y de vuelta. Cuatro horas de viaje, en el cual puedes aburrirte mirando las caras también aburridas de los otros pasajeros o dormirte durante todo el viaje o leerte un buen libro al ritmo de las sacudidas de la combi asesina o escribir poesía al ritmo de las canciones según el disyóquey que hace de chofer. Y esto último es lo que hace Paolo Astorga. Por lo menos, eso es lo que nos hace creer él con el título de su poemario De Chosica a Lima, un poemario hecho en dos versiones: uno, en papel; y otro, en audio. Así tenemos otras posibilidades para el viaje: leer o escuchar la poesía de Astorga o ambas cosas: leer y escuchar. Luego los viajeros pueden recrear la imaginería de Paolo in situ. Esa imaginería que nos hace viajar por el “puente hacia Chosica que excita a los ateos” (13) o detenernos “en Lima, puerta sudorosa, música en combi desagarrada por la inclemencia que quiebra las manos iluminadas de una niña jugando a la pelota” (06). Pero no solo se queda en la descripción de estas dos ciudades unidas por la Carretera Central, sino que además monologa sobre la vida: “Somos un enjambre de bichos raros tratando de saber qué es tener vergüenza” (06) y del disfrute de la misma aunque sea en condiciones duras: “encuentro un extraño placer el caminar herido por las calles mostrando mis llagas a flor de piel” (16). Sentir el dolor le hace saber que está vivo. Y el ser vivo que pregunta y responde se eleva a lo humano: “escribo que soy más humano” (11). El ser humano que habita entre las dos ciudades, Lima y Chosica, es quien habla a través de este poemario.

Voz Efímera 1

Esta revista de poesía en audio es otra publicación de Paolo, donde ha antologado a varios poetas en sus propias voces y, a otros, en la voz de él mismo. Poetas como Enrique Verástegui, Gustavo Armijos, Raúl Heraud, Johnny Barbieri desfilan en Voz Efímera. Antología de lo más genuino que ha sorprende por el formato, pero que seguramente se hará una constante su uso, dado que el papel ya no es el único soporte para la conservación de las ideas. Se espera nuevas entregas de esta revista y ¡Éxitos!

viernes, 13 de agosto de 2010

Entrevista a Rafael Hidalgo: A propósito de Estación 32

Por: Niko Velita

En la década del 90, se fundó Estación 32, grupo poético en el que participaste. ¿Qué significa el nombre Estación 32? ¿Cómo fue su gestación? ¿Quiénes lo conformaron?

A finales de los años 80, ingresamos a la universidad un grupo de jóvenes con diversas inquietudes: artísticas, ideológicas o políticas, y también de cuestionamiento ante un sistema devastador. Nos mandaron a un saloncito en maestranza, que nos mataba de calor y de tierra. Así que tomamos por asalto el baño de la facultad. Hicimos nuestro salón ahí. Imagínate: preferimos el baño que estar en la otra aula; y de ese baño, salió tres grupos: Víctor Mazzi, Faz de Evas y Estación 32.
Recordemos que vivíamos una época muy intensa socialmente y la universidad era el reflejo de esa realidad. Entonces, en cierta forma, el proceso de creación tuvo un germen muy propicio para que se manifestara en sus distintas formas. Unos decidieron hacer poesía, otros hacer relatos o cuentos, también hubo quienes optaron por expresiones plásticas y otros que fueron mucho más allá del proceso creativo. Algunos teníamos algo en común y ese era el interés por la literatura, pero no había realmente una presencia literaria importante en la universidad, así que decidimos difundirla y crearla. Surgió la idea de hacer un recital de poesía (Fue el primer recital interuniversitario de los 90), y además, invitar a narradores y poetas (Fueron más de 50 los que nos visitaron). Para estas dos actividades, había la necesidad de una organización conjunta. Es así que nos reunimos un grupo de amigos: José Aguirre, Jesús Buitrón y yo creamos Estación 32 para darle mayor oficialidad a las invitaciones que íbamos a realizar. Luego se sumó otros integrantes como Enrique Palma, Miguel Velásquez, Fernando Rado, Víctor Zavala, July Tinoco, Jorge Quinto, Martín Taboada, Giovanna Ibarra; poetas de otras universidades como Ángel Berdejo, José Gal’lino, Nelson Regalado, entre otros. Una mención aparte es que consideramos como un integrante muy especial a Chacho Martínez, quien se identificó mucho con lo que hacíamos y se decía un miembro más del grupo.
Ahora, el nombre surgió casi accidentalmente cuando hacíamos un taller de poesía en mi casa. Frente a ella había una pared enorme que decía: “POHIBIDO ESTACIONARSE”. Era la época de los coches bomba y frente a mi casa había un laboratorio alemán. Así que, cuando salíamos del taller por la puerta pequeña del garaje, había que agacharse y, al levantar la cabeza, nos encontrábamos con una visión frente a nosotros: leíamos solo “ESTACION”. Esa palabra se nos quedó fijada a todos. Lo demás cayó por su propio peso. Encontramos una relación a ello con la estación ferroviaria de Chosica y la altura aproximada en la que se ubica La Cantuta, el km 32, que se convertiría en el centro de nuestras operaciones.

Dices que “vivíamos una época muy intensa socialmente”. Te refieres a la guerra interna. ¿Cómo influye este aspecto en la producción de ustedes y en los recitales? Eran épocas en que ser de La Cantuta equivalía a ser sospechoso por subversión.

Efectivamente fue una época muy “explosiva” en todo el sentido de la palabra y lo teníamos frente a nosotros. Tal vez eso intensificó nuestro proceso creativo. Creó una nueva sensibilidad y conciencia social en cada uno de nosotros. Ahora, claro, ser de La Cantuta era una complicación muy grande, pero también una gran responsabilidad. Cuando íbamos a algunas universidades particulares, sentíamos que se nos veía de ese modo, pero ahí estuvimos. Aunque también sirvió para desterrar esa idea, ya que se dieron cuenta que en La Cantuta había poesía y merecía considerarse. En cierta forma, iniciamos el camino que la universidad no había tenido: tomarse como un lugar donde había procesos creativos importantes. Leímos en todas las universidades y en cuanto recital se organizaba. Siempre nos invitaban. Y decidimos invitar a los otros grupos que había en La Cantuta. Servimos de nexo para otros poetas, por ejemplo Raúl Jurado, hoy profesor de la universidad, también hizo varias lecturas con nosotros, entre otros.
Como anécdota, recuerdo una lectura en San Marcos. Mientras se hacía un recital, afuera explotaron petardos. Sentimos que el ser de La Cantuta nos podía traer complicaciones, dado que los soldados empezaron a rodear la universidad. Entonces, salimos por la parte posterior con el carné universitario entre las medias. Los otros poetas se quedaron dentro. Ellos tal vez no tenían nada que perder. Nosotros creíamos que, si nos quedábamos, perdíamos.

Eran épocas de plaquetas y recitales. Ustedes no llegaron a publicar libros. ¿Por qué?

Es verdad, eran épocas de publicaciones cortas, mucho más factibles para poder difundirlas dentro de la universidad. Hacíamos plaquetas para financiar los recitales poéticos o la llegada de los invitados. En realidad, nuestras aspiraciones eran inmediatas, por ejemplo, organizar eventos y difundirlos. Nuestras necesidades también eran inmediatas. Se vivían tiempos muy duros. No había lugar para las pretensiones personales. No pensábamos en posteridad. No había esa necesidad -válida, por cierto- que tienen algunos de inmortalizarse o publicitarse. Lo nuestro no iba por ese camino. Quizás también podría interpretarse que estábamos en un hallazgo y que seguramente no nos encontrábamos. En esa búsqueda nos perdimos más (risas). Luego cada uno acabó lo suyo y nos fuimos alejando. Es la vida, ¿no? Las preocupaciones personales fueron haciéndose otras. En la actualidad, he visto la universidad, con una gran alegría, que hay muchas publicaciones y también grupos. Eso me parece fenomenal. Bacán que haya ese tipo de cosas.

¿Cuál fue la relación de Estación 32 con Neón y Noble Caterva?

Fue una relación muy amical. En cierta forma los habíamos reunido por primera vez en un recital que denominamos Tres Horas de Poesía. Imagínate, debe sonar muy aburrido; pero fue extraordinario, con auditorio lleno, en abril, por el mes de las letras. Luego, ellos nos invitaron a sus universidades. Se armó la cadena de recitales, tanto en las nacionales como en las particulares. Ahí sucedieron hechos anecdóticos. El ser de La Cantuta, en esos tiempos tenía una connotación muy pesada que se cargaba, y la llevamos y enfrentamos sin ningún temor. Hoy en día con Neón y Noble Caterva seguimos en un contacto estrecho y muy fraternal.

Después de casi 20 años hay un relanzamiento de Estación 32. ¿Qué les motivó a hacerlo?

No me atrevería a llamarlo relanzamiento. No lo veo así particularmente. Solo que se han generado algunas condiciones que nos han vuelto a juntar: trabajar en el mismo medio, en cierta forma te vuelve a reunir y ello ha sucedido; también la pérdida de algunos amigos muy queridos como Chacho Martínez y Pepe Gal’lino, que ya no están más. Estos sucesos nos ha hecho mirar nuevamente atrás y una forma de recordarlos es seguir creando poesía o lo que fuese.

Estamos en otro contexto, por ejemplo, ahora están haciendo uso del blog.

Definitivamente el uso de la tecnología, como internet, nos permite algo muy importante para nosotros como para cualquiera: poder comunicarnos, saber qué estamos haciendo, ya que algunos integrantes están fuera del país. Entonces, se nos ocurrió la idea de hacer el blog y poner nuestros textos, sin mayor pretensión que difundir lo que hacemos para quien quiera verlas: ahí están.

Tengo entendido que van a publicar.

Siempre se nos reclamó eso, que no habíamos publicado nada. Ello es una verdad a medias. Vuelvo un poco a la primera pregunta. Te decía que surgimos por necesidad de hacer más vida literaria en La Cantuta (organizar charlas, recitales, conferencias, presentar cine, etc. que no había en la universidad). Nuestros orígenes se remontan a eso, muy modesto, porque creemos que el trabajo poético es personal y no grupal. Por esa razón publicamos lo que en ese tiempo estuvo a nuestro alcance. Hicimos plaquetas personales para autofinanciarnos. Ahora, a través de la web vemos nuevamente nuestros poemas y podemos compartirlos. Tal vez sea el tiempo de publicarlos y pagar “la deuda” que seguramente tenemos.

sábado, 7 de agosto de 2010

En el país de Gargantua


Por: Paolo Astorga

“Y qué hacemos / para librarnos de los seres de cuatro patas / que simulan andar en dos pies”; con estos primeros versos cargados de irónico desaliento aparece como furibundo canto de protesta el poemario En el pais de Gargantua (Editorial Arteidea, 2010) del poeta peruano Niko Velita Palacin (Pasco, 1972), es aquí donde la poesía toma un boleto de retorno a la memoria colectiva del pasado, de los años de marcada violencia armada que el Perú sufrió en las dos décadas anteriores. Poesía que se enquista en nuestros ojos como ladridos de perros que se confunden entre tiernos huaynos de nostalgia, entre tabúes y alienación, ironía y compromiso; es pues este libro, un nuevo contemplar de esa herida interior que no deja de pudrirse, que no deja de latir su enigmático gemido en pos de justicia. Es pues este poemario un largo canto contra el inmenso Gargantúa que no deja de tragarse el país, de violarlo hasta que sangre en su totalidad, de hacer lo que sea, con tal de nunca acabar su inconmensurable orgía del poder:
Nací el 72
cuando no se multiplicaban los panes
tampoco los peces dorados
Que la Aritmética ahora tampoco
multiplica ni suma
pero susurra al viento su canto
Unos a otros se matan sin compasión
Mamacha de las Mercedes qué es lo que pasa aquí
Debajito de su poncho cerquita del corazón
Abrigaba su charango como abrigando el amor

Los poemas de Niko son certeros, sin más máscaras que se propia y cruda desnudez. Es que el poeta busca más que un mero disfrute estético, entregarnos su visión de los años de violencia y dictadura que el país vivió. Él a través de su viaje exploratorio y censor, encuentra seres comunes: muertos, desaparecidos, militares asesinos, injusticia, un gobierno corrupto hasta los tuétanos, y sobre todo la estúpida ironía de saberse desprotegido ante esos Gargantúas que nos desmiembra de a poquitos disfrutando nuestro dolor, nuestra miseria, nuestra jactanciosa inanición. Para muestra observemos un fragmento del poema Intocables, que es una directa alusión a la matanza en los penales dentro del desastroso primer gobierno de Alan García:
Casi todos sabemos sabelotodos
que hubo además un pelotón el 86
que andaba de casa en casa
con su mortandad en manos
A nadie se le ocurre que fuesen inmortales
pero sí intocables y directamente de Palacio
Unos dicen por la democracia herida
Herida en las calles a falta de pan y sal
Otros porque el presidente furibundo
tenía 86% de oposición en diputados
o será que una multitud de 86 mil andaba en huelga
Ahí está Jorge boca abajo más otros 86 reclusos
con su bala en la nuca y salida entre los ojos
Es obvio, este libro no habla de flores, de amores que se frustran en un solo verano, de mariposas arcanas, o bellas muchachitas en su edad de flor perfecta. Este es un libro para hacer de la pólvora y la violencia, un auxilio para las memorias dormidas, para las opiniones tránsfugas, para aprender de ese pasado nefasto que aún llevamos en el lomo y que nos arde, nos llama, nos alienta, nos deshabita, nos cunde en pánico al volver a esos días donde pagaban los inocentes, los que siempre tienen las de perder:
Esto es lo misterioso en la trampa
Que apretuja nuestros corazones
sin explicación posible por la amorología
En carceleta electrocutan los testículos
al hombre que amó la vida y la luz
El agente verdugo garantiza su infertilidad
Que no se proliferen los hombres soberbios
sino los cabizbajos y tristones
Un agente sabueso ladra fuerte
para atemorizar a la esposa
que ya no tendrá hijos ni nietos
a quienes abrigar con el abrazo
en los días de invierno
Y al final en la última sección de este libro el poeta recuerda con ternura y a la vez resentimiento, nostalgia, rabia que causa la frustración ante la injusta muerte de un ser amado, un ser que en medio de las inconsecuencias y aberraciones, aparece cristalino, límpido, sin embargo lo que el poeta nos muestra en su Elegía para Sandrita es un canto desgarrado, tocado por la violencia y la desolación que acrecientan la denuncia ante la obscenidad, ante ese absurdo que es una patria de ratas donde solo se gesta la traición y la venganza atravesadas de irracional ironía:
Por eso
un día domingo por la tarde
luego del almuerzo
las quise aplastar una a una con el pie derecho
a las más grandes
sin saber que eran durísimas
pero como yo era tan igual de terco
fui a casa por un martillo
La noche me cogió
en ese quehacer interminable
entonces cansado regresé a casa
y con el martillo a escondidas
porque mamá decía
que esos bichos
al igual que los sátrapas del siglo 20
también eran hijos de Dios
Es pues En el país de Gargantúa, un libro plagado por la denuncia y la ironía de saberse testigo de la violencia en un país que ha olvidado sus heridas hasta hacerlas pudrir. Niko Velita, intenta en este largo canto en pos de la libertad, expresarnos una visión que supera la mera politiquería. Él nos muestra en suma, las ansias por la paz, el anhelo por la solidaridad y la purificación de este país jodido por sus cuatro costados.

Tomado de:
http://revistaremolinos.blogspot.com/