De niño escuchaba cuentos sobre un bandolero que robaba a los hacendados y a los ricos para repartirlo entre los pobres. Entonces yo me imaginaba a ese tal Luis Pardo montado a caballo, con dos revólveres al cinto, una carabina colgada del hombre, harta bala en las correas. Y cuando jugábamos a los pistoleros, también me imaginaba en tridimensional las andanzas de este bandolero: una especie de héroe popular, una leyenda; atacando ranchos, arreando ganados para repartir la carne en los pueblos que visitaba. La gente, en retribución, le ayudaba como espía contra los policías.
El bandolero en cuestión, no solo robaba como cualquier otro bandido, sino que se encargaba de darle su pateadura a los jueces, hacendados y prefectos abusivos; también ridiculizar a los policías que defendían a estos; de cuando en cuando dejarles sin armas, sin uniforme: humillados, como para que se den cuenta de que estaban en el bando incorrecto, pero estos, tercos como la mula, dale con andar tras el bandolero solo porque le metió un tiro de pistola al gamonal abusivo.
Hasta me ponía poncho (en el juego) para andar en mi caballo de palo e imitar a Luis Pardo, el de los cuentos, también con mi pistola de palo a la cintura y mi carabina al hombre, claro, también de palo. El juego de seguir los pasos del bandolero terminó cuando, al pueblo donde yo vivía, llegaron unos hombres de uniforme que traían pistolas de verdad y “carabinas” que disparaban balas por montón. Entonces, el juego a ser Luis Pardo se hizo peligroso porque tanto mi pistola y mi carabina de palo tenían forma de armas reales: mi padre los había tallado. Luego, él mismo se encargó de quemarlos. Eran tiempos en que estos uniformados no eran precisamente los buenos del cuento; eran de los que se metían a tu casa a cualquier hora de la noche sin tocar la puerta y te encañonaban con sus pistolas no de palo. Hasta te desaparecían. Y ni jueces, ni alcaldes, ni párrocos decían esta boca es mía. Mientras tanto yo andaba pensando sobre cómo sería si el tal Luis Pardo fuera real y apareciera de pronto por ahí. Pero cómo yo ya sabía que cuento es cuento, solo me quedaba imaginar esa escena y nada más.
Sin embargo, luego de años encuentro una novela que me recuerda justamente esos cuentos de antaño, donde Luis Pardo sigue siendo el héroe, el que roba a hacendados para dárselo a los campesinos y pastores pobres. Estos, en reciprocidad, incluso le ayudan a liquidar a un subprefecto, líder de un grupo de bandoleros, quienes arrasan todo a su paso; también le ayudan a escapar de la policía que anda tras sus pasos. Luis Pardo, el de la los cuentos de mi infancia, ha regresado, solo que esta vez en novela. Yo casi ya había olvidado al personaje, pero gracias a Óscar Colchado vuelvo a recordarlo. Me refiero a su novela ¡Viva Luis Pardo!
El bandolero en cuestión, no solo robaba como cualquier otro bandido, sino que se encargaba de darle su pateadura a los jueces, hacendados y prefectos abusivos; también ridiculizar a los policías que defendían a estos; de cuando en cuando dejarles sin armas, sin uniforme: humillados, como para que se den cuenta de que estaban en el bando incorrecto, pero estos, tercos como la mula, dale con andar tras el bandolero solo porque le metió un tiro de pistola al gamonal abusivo.
Hasta me ponía poncho (en el juego) para andar en mi caballo de palo e imitar a Luis Pardo, el de los cuentos, también con mi pistola de palo a la cintura y mi carabina al hombre, claro, también de palo. El juego de seguir los pasos del bandolero terminó cuando, al pueblo donde yo vivía, llegaron unos hombres de uniforme que traían pistolas de verdad y “carabinas” que disparaban balas por montón. Entonces, el juego a ser Luis Pardo se hizo peligroso porque tanto mi pistola y mi carabina de palo tenían forma de armas reales: mi padre los había tallado. Luego, él mismo se encargó de quemarlos. Eran tiempos en que estos uniformados no eran precisamente los buenos del cuento; eran de los que se metían a tu casa a cualquier hora de la noche sin tocar la puerta y te encañonaban con sus pistolas no de palo. Hasta te desaparecían. Y ni jueces, ni alcaldes, ni párrocos decían esta boca es mía. Mientras tanto yo andaba pensando sobre cómo sería si el tal Luis Pardo fuera real y apareciera de pronto por ahí. Pero cómo yo ya sabía que cuento es cuento, solo me quedaba imaginar esa escena y nada más.
Sin embargo, luego de años encuentro una novela que me recuerda justamente esos cuentos de antaño, donde Luis Pardo sigue siendo el héroe, el que roba a hacendados para dárselo a los campesinos y pastores pobres. Estos, en reciprocidad, incluso le ayudan a liquidar a un subprefecto, líder de un grupo de bandoleros, quienes arrasan todo a su paso; también le ayudan a escapar de la policía que anda tras sus pasos. Luis Pardo, el de la los cuentos de mi infancia, ha regresado, solo que esta vez en novela. Yo casi ya había olvidado al personaje, pero gracias a Óscar Colchado vuelvo a recordarlo. Me refiero a su novela ¡Viva Luis Pardo!
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